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  • Mirelle Martínez
  • Ramón Castro: El púlpito y la curul

  • Ramón Castro, obispo de Cuernavaca, es el ejemplo en Morelos de esto que manifiesto

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  • Para nadie es un secreto que la iglesia también establece relaciones políticas a razón de su naturaleza institucional, como no lo es tampoco que esas relaciones sirven para gestionar servicios y mejoras tanto para sus instalaciones, que en la mayoría de los casos son monumentos considerados históricos, y para coadyuvar en el desarrollo de la feligresía en situación de vulnerabilidad, lo que hasta ahí, no representa sino un ejercicio de coadyuvancia que debe reconocerse y apreciarse a las iglesias y a quienes las dirigen; no obstante, la iglesia, como organismo, ostenta un número importante de “adeptos o simpatizantes” que fortalecen las estructuras eclesiales y que en casos como el que abordaré hoy, erigen a personajes del clero como líderes sociales, y estos a su vez, buscan erigirse como liderazgos políticos, aunque eso esté prohibido por la ley, usando el poder de facto de la iglesia para involucrarse en temas de relevancia política con el endeble argumento de ser portavoces de las demandas ciudadanas que recogen en el púlpito domingo a domingo y desde el cual, también direccionan las consciencias de miles en cada misa.

    Ramón Castro, obispo de Cuernavaca es el ejemplo en Morelos de esto que manifiesto, un sacerdote que hoy, utiliza las relaciones políticas no sólo para obrar a favor de los desprotegidos, como esencialmente lo hace la iglesia, sino que además las utiliza como escaparate político para golpear a un gobierno que aunque con muchos errores, ante la iglesia ha cometido el más atroz, el de ser de izquierda y priorizar los derechos humanos por encima del exceso de diplomacia que por miedo, otros muchos actores políticos le han ofrecido al clero durante décadas, dejando de lado temas importantes para impulsar una sociedad de derechos y con ello avanzar para lograr la justicia social que tanto se anhela en nuestro estado y en nuestro país.

    La relación que ha establecido el señor obispo con actores políticos y de la sociedad civil organizada parece más un amasiato electorero que busca posicionar los intereses de la iglesia en la agenda pública y contribuir a dar fuerza a un movimiento que pondera la ingobernabilidad a razón de los revanchismos políticos y que está contaminando el legítimo interés de la ciudadanía de exigir condiciones de paz y seguridad frente al clima adverso que se vive en el estado.

    La negativa de monseñor a conceder el beneficio de la duda al actual gobierno no se gestó a partir de fundamentos objetivos, sino que tiene que ver con las aspiraciones de una institución que no tolera las diferencias y que encuentra en la diversidad un rival difícil de vencer frente a la desbandada de feligreses que encuentran necesarias las reformas que impulsa el gobierno al que el clérigo tanto repele.

    El tema de Ramón Castro trasciende a la relación con el diputado federal priísta Matías Nazario con quien gestionó 75 millones de pesos para restaurar la catedral de la ciudad, o los constantes encuentros que sostiene con Alejandro Vera y Javier Sicilia, o los panistas de la entidad; incluso trasciende a su poder de convocatoria en marchas que aparentan ser pro paz y tienen tintes de golpeteo político; Ramón Castro es en Morelos el rostro de la intolerancia y de una iglesia extralimitada que pone en entredicho lo más valioso que tiene el catolicismo: su fe.

    Si al obispo le apetece, debería colgar la sotana y en todo caso, bajarse del púlpito para competir por una curul en el congreso de la unión, o en el del estado, de otro modo, sus actos al día de hoy atentan contra el sistema democrático y sobre todo, contra la inteligencia de miles de morelenses que lo reconocen en el púlpito, pero que quizá no lo ven en la curul como él pareciera verse.

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