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Presidente sin Maquiavelo

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Enrique Peña Nieto súbitamente parece haberse abandonado a las dispares estrategias de algunos de sus colaboradores y, lo más grave, no es socialmente amado ni políticamente temido
11 de Enero 2017
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El presidente de la República, Enrique Peña Nieto, moderno, inteligente en el trato personal y amable, desafortunadamente para el PRI, súbitamente parece haberse abandonado a las dispares estrategias de algunos de sus colaboradores y, lo más grave, no es socialmente amado ni políticamente temido con lo cual reprobaría el examen que un asesor como Nicolás Maquiavelo le pondría enfrente para ser aceptado entre sus clientes.

Ello no es bueno para nadie.

Ni siquiera para las oposiciones: lo que ocurra en el declive presidencial puede iniciar desde el comienzo del sexenio para quien se imponga en 2018. Lo importante es no olvidar que más allá de la demagogia, la falta de comprensión estratégica de las potencialidades del país y de la concertación política frente a las amenazas externas puede retrasar décadas la recuperación nacional.

Nuevamente se dejó clara la falta de trabajo operativo y político para la firma del Acuerdo de estabilidad signado ayer en Los Pinos. Se revela una severa falta de control.

Independientemente de que Gustavo de Hoyos, presidente de la Coparmex busqué con su crítica a la presunta insuficiencia del acuerdo iniciar una estrategia de posicionamiento político electoral, los coordinadores del gabinete debieron asegurar o el control de daños inmediato o la inclusión de quien aparentó disidencia el día de ayer y golpeó severamente tanto la operación como la percepción sobre el acuerdo.

Adicionalmente, una extraordinaria nueva paradoja fue presentada: se restablecen, treinta años después de su uso para los mismos fines estabilizadores, medidas de control socioeconómico corporativo contrarias al espíritu de la economía liberal que desde el presidente Carlos Salinas de Gortari habían ido desmantelándose y que fueron excluidos una y otra vez de los mandamientos de progreso de los proyectos nacionales modernos difundidos por gobiernos del PRI y del PAN.

Se les da razón a muchos de los críticos, pero se les arrebata la bandera por el momento. Con todo y ese relativo avance, Andrés Manuel López Obrador, el día de hoy es el hombre a vencer y el PRI el partido que se orienta a una declinación severa si no encuentra una manera pronta de corregir el rumbo.

La decisión del gabinete del presidente Peña Nieto de rescatar el mecanismo de coordinación social y política instrumentado en los años 80 y que ayer fue rebautizado con el nombre de “Acuerdo para el Fortalecimiento Económico y la Protección de la Economía Familiar”, semejante al “Pacto de Estabilidad y Crecimiento Económico” de 1987, nos permite enriquecer la oportunidad de un análisis más complejo y completo donde al menos estos dos elementos adicionales deben estar presentes:

El gobierno tiene aún capacidad de reacción y puede retomar instrumentos del pasado corporativo, en el cual no hay garantía de la eficiencia a partir de la dudosa de representatividad de algunos de los sectores laboral, empresarial y agropecuario como demostró la elección de 1988 y dos, coloca la idea de la solidaridad, sensibilidad y unidad nacional, de la que hablaron también las fuerzas opositoras, en el lugar mismo donde esta plataforma de opciones, que habrá observar cuidadosamente, es ahora presentada por el gobierno federal hasta ayer aparentemente inutilizado por una mezcla de operatividad percibida como inapropiada y una comunicación muy deficiente de la estrategia del gobierno.

Con todo el gobierno no debe desconfiar de las lecciones de Maquiavelo. Ellas deben ser adecuadamente operadas, anunciadas, promovidas y defendidas si es que hay determinación de disputar seriamente el poder y la persuasión de la opinión pública, caras de la misma moneda.

Decirle adiós al florentino Nicolás es decirle adiós al 20 por ciento del porcentaje mínimo para sobrevivir dignamente el 2018.

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