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  • Mirelle Martínez
  • Matrimonio igualitario: Un paso para ajustar deudas históricas

  • La SCJN falló a favor de la igualdad reconociendo que el matrimonio

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  • La eterna discusión sobre las implicaciones morales de aprobar el matrimonio igualitario no nos ha permitido ver una realidad que va más allá y que tiene sus fundamentos en el respeto a la dignidad de las personas, todas, y que trasciende a una orientación sexual por propio derecho.

    Abordar el tema del matrimonio igualitario desde el plano moral es, además de subjetivo, indiscreto e imprudente, una muestra de lo mucho que pueden nublar los prejuicios y los dogmas ideológicos, y del daño tan grande que pueden hacerle a una sociedad de por sí en convulsión constante.

    Por ello, es importante hablar del matrimonio igualitario como uno de los primero pasos para ajustar una deuda histórica que las leyes en México han tenido con quienes son considerados “minorías” por mayorías cada día más flacas que en aras de gobernar sólo para sus causas olvidaron la esencia y espíritu de las leyes; el principio básico de la igualdad. Si con esto no bastara para justificar la aprobación del matrimonio igualitario frente a los grupos conservadores que hoy siguen fomentando el odio y la discriminación, el precedente jurídico es claro, en el caso del D.F. como el antecedente más importante, la SCJN falló a favor de la igualdad reconociendo que el matrimonio, (Con ese nombre y con las implicaciones de igualdad que esto tiene) es un derecho que asiste a TODAS las personas independientemente de su orientación sexual, dando así validez a la cláusula constitucional de NO DISCRIMINACIÓN.

    Ahí está también como ejemplo el caso de Oaxaca donde en 2012 la misma Suprema Corte declaró inconstitucional el párrafo del código civil de la entidad que define al matrimonio cómo un “contrato civil celebrado entre un solo hombre y una sola mujer que se unen para perpetuar la especie y proporcionarse ayuda mutua”; con esta resolución se amparó a las parejas “gay” (LGBTT) ante la negativa del registro civil de legalizar su unión.

    Y es que uno de los retos que presenta el matrimonio igualitario es la supresión sí de la ley, pero sobre todo del imaginario colectivo, del viejo esquema en el que este contrato tenía como objetivo procrear hijos, ya que no necesariamente se contrae matrimonio con dicho objetivo, y en todo caso, lo que está en juego es brindar certeza jurídica a quienes emprenden una vida juntos, lo que implica un contrato matrimonial con las mismas clausulas y prerrogativas sin importar si son un hombre o una mujer, o una pareja del mismo sexo quienes contraen nupcias; eso, claro, en la materia civil, en los púlpitos, es el sacerdote el que decide qué hacer o no si una de estas solicitudes llega hasta “su altar”.

    El matrimonio civil, y lo que dentro de él se dirime es una asunto de leyes, así, la familia como institución social puede estar sujeta a modificaciones que emanen del contexto, lo demás debe disiparse en lo profundo de la intimidad y no en una corte; es libertad del individuo hacer uso de su derecho o no.

    Así, la ley debe modificarse acompañada de cambios culturales y no respondiendo a intereses sectarios de subyugación, pues aunque el tema del matrimonio igualitario ya tiene muchas voces a favor, la mía es una más que humildemente se suma a la causa de quienes hoy en México como en muchos países están luchando por erradicar las políticas al estilo “apartheid” que niegan derechos como si se tratara de “favores especiales” a mexicanos “de segunda” e ignoran la legítima obligación que tienen las leyes de reconocernos iguales a todos los seres humanos; hablo de una reforma cultural que suponga grandes transformaciones políticas y que erradique la cultura de la discriminación que hoy emerge de las instituciones, pues de otro modo sólo se frena la posibilidad de construir una verdadera democracia, esa que nos garantice la relación entre el estado de derecho y los derechos humanos.

    Hoy ya es tiempo de re-configurar la legislación de acuerdo a la realidad que vivimos y dejar de lado la manipulación de las diferencias en el discurso político y los discursos de segregación lejos de los púlpitos.

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