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  • Manlio se fue

  • Era necesario demostrar que Manlio no es ya, ni puede ser, el líder del PRI

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  • A favor del PRI no habrá mucho más retórica que aquella que destaque la alternancia en donde hubo derrota; en contra los argumentos de los electores son las derrotas; para la tarea hacia el 2018 es central el viraje y un nuevo liderazgo.

    Manlio Fabio Beltrones, como dirigente del PRI, y el presidente de la república, Enrique Peña Nieto, tendrán que hacer lago más que “reflexionar con responsabilidad” para reposicionarse con opción creíble hacia el 2018 después de la derrota, particularmente, de Veracruz.

    Veracruz es la antesala de la derrota priista en el Estado de México en 2017 si el partido en control del ejecutivo desatiende los clarísimos mensajes de los resultados electorales, sin considerar el caso de Oaxaca que merece estudio aparte y, por cierto, no hay garantía de que Alejandro Murat llegue a tomar posesión del gobierno considerando las primeras evidencias sobre los abusos en Infonavit.

    La entidad con el tercer lugar en número de electores solamente después de la ciudad de México y de la entidad mexiquense, era una oportunidad para el gobierno federal, el estatal, Manlio y el presidente con la totalidad del equipo dispuesto a retener el control de Veracruz de exhibir imaginación, claridad de estrategia, oportunidad y relevancia de campaña, así como los expedientes y la información de inteligencia que bien pudo manejar, en su momento, un personaje tan peculiar como Fidel Herrera.

    No lo hicieron.

    Primer mensaje: era necesario demostrar que Manlio no es ya ni puede ser el líder de un PRI que requiere reconstituirse creíblemente ante los ojos de nuevos electores. En ese contexto otras fracciones del PRI decidieron apoyar con reservas la continuidad del tricolor en el control político de la entidad. Lo mismo que casi logran en Oaxaca y que, por las repercusiones potenciales de carácter penal, podría arrojar por la borda la victoria frágil de Murat. Hay una confrontación en el PRI y Manlio perdió la partida.

    Segundo mensaje: es evidente que, si el PRI quiere competir creíblemente en el 2017 en el Estado de México, donde nació el presidente Peña y existe la acumulación de poder más grande que el PRI haya mantenido acrecentándola continuamente desde hace décadas, tiene que modificar su estrategia, su imagen, su mensaje y su conexión con audiencias que no están para perdonar mediocridad ni incompetencias para no hablar de la corrupción y la impunidad socialmente inaceptables.

    Tercer mensaje: para quienes tratamos de encontrar una lectura intermedia entre los datos duros y los comportamientos de las elites, es del mayor interés observar que la inhabilidad del PRI de remontar su pérdida de crédito y de proyectar apropiadamente las políticas públicas, los programas y los éxitos anecdóticos que constituyen la esencia en conjunto de una adecuada política de comunicación social, existe una dicotomía a la vista: Morena en contra de la alianza entre el PAN y el PRD.

    El PRI está rezagado.

    Tanto como Manlio en su debate con Ricardo Anaya con la conducción de Joaquín López Dóriga durante la noche del domingo: Anaya exhibió excelentes reflejos, información, capacidad argumentativa en tanto que Manlio, como el PRI, solamente trató, sin éxito, de apoyarse en la descalificación de Anaya por juventud y presunta falta de sensatez.

    Ni un argumento, ni una idea. Alienado por completo de la comprensión de la audiencia. Manlio parecía refugiarse atemorizado en su irritación dentro de la cuevita de los prejuicios que asocian su poder con el de un mafioso priista todopoderoso, pero, ahora, totalmente anulado ante Anaya. Pura pena interior en el PRI. Afuera, bueno, los resultados son bastante claros.

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